"Hay
en México diversidad de gritos callejeros que empiezan al amanecer
y continúan hasta la noche, proferidos por centenares de voces
discordantes, imposibles de entender al principio. Al amanecer os
despierta el penetrante y monótono grito del carbonero:
'¡Carbón señor!' El cual, según la manera
como le pronuncia, suena como '¡Carbosiú!'. Más
tarde empieza su pregón el mantequillero:
'¡Mantequía! ¡Mantequía de a real y di a
medio!'
'¡Cecina buena, cecina buena!'; interrumpe el carnicero con
voz ronca.
'¿Hay sebo-o-o-o-o?' Esta es la prolongada y melancólica
nota de la mujer que compra las sobras de la cocina, y que se para
delante de la puerta.
Luego para el cambista, algo así como una india comerciante
que cambia un efeto por otro, la cual canta:
'¡Tejocotes por venas de chile!'
Un tipo que parece buhonero ambulante deja oír la voz aguda
y penetrante del indio. A gritos requiere al público que le
compre agujas, alfileres, dedales, botones de camisa, bolas de hilo
de algodón, espejitos, etcétera.
Detrás de él está el indioi con las tentadoras
canastas de fruta; va diciendo el nombre de cada una hasta que la
cocinera o el ama de llaves ya no puede resistir más tiempo...
Se oye '¡Gorditas de horno caliente!'.
Le sigue el vendedor de petates: '¿Quién quiere petates
de la Puebla, petates de cinco varas?'
Al mediodía los limosneros comienzan a hacerse particularmente
inoportunos, y sus lamentaciones y plegarias, y sus inacabables salmodías,
se unen al acompañamiento general de los demás ruidos.
Entonces, dominándolos, se deja oír el grito de:
'¡Pasteles de miel!'
'¡Queso y miel!'
'¿Requesón y melado bueno?'
En seguida llega el dulcero, el vendedor de fruta cubierta, el que
vende merengues, que son muy buenos, y toda especie de caramelos.
'¡Caramelos de espelma, bocadillos de coco!'
Y después los vendedores de billetes de la lotería,
mensajeros de la fortuna con sus gritos:
'¡El último billetito, el último que me queda,
por medio real!'
A eso del atardecer se escucha el grito de:
'¡Tortillas de cuajada!' o bien:
'¡Quién quiere nueces!', a los cuales sigue el nocturno
pregón de:
'¡Castaña asada, caliente!', y el canto cariñoso
de las vendedoras de patos:
'¡Patos, mi alma, patos calientes!'
'¡Tamales de maíz!, etc., etc. Y a medida que pasa la
noche, se van apagando las voces, para volver a empezar de nuevo,
a la mañana siguiente, con igual entusiasmo."