El
29 de mayo de 1913 el Theâtre des Champs Élyseés se dividió entre un
grupo de furiosos espectadores que consideraron el estreno de la coreografía
"La consagración de la primavera" como un espectáculo denigrante, provocador,
obsceno e incluso ridículo, y otro que reconoció tanto la importancia
e innovación de la música de Igor Stravinski, como la coreografía de
Vaslav Nijinski.
El
impacto no fue en realidad por el vestuario atrevido de Nicholas Roerich,
ni las poco convencionales armonías de Straviski, ni la coreografía
sincopática
de Nijinski, sino que influyó también el hecho de que los Ballets Rússes
de Diaghilev representaban en escena un rito primitivo que culminaba
con un sacrificio humano: cuando Maria Piltz en el papel de la Electa
cayó bajo el puñal del Sabio, los espectadores no podían creer lo que
había sucedido.
En
ese principio de siglo, desconocedor de las guerras que años más tarde
desgastaran el optimismo que sostenía la evolución del hombre hacia
una vida mejor, el espectáculo de un rito como la renovación de la naturaleza
mediante un sacrificio humano fue excesivo, pues se trataba de la magia
llevada a su máxima consecuencia: en ese momento las secretas simpatías
de las leyes naturales con los actos de los hombres no podían ser entendidas.
El
ciclo
La
primavera es una era de regeneración de la naturaleza y de la vida en
la Tierra. Tras un periodo
en el cual plantas y animales disminuyen su actividad y en el que el
mismo sol parece menos cálido, la primavera aparece como una esperanza
de vida. ¿Cómo evitar entonces la realización de un sacrificio para
garantizar que el proceso continúe eternamente? Para algunas sociedades
primitivas la liga mística entre sus propios actos y los ciclos naturales
era patente, de tal manera que
... el pequeño drama que él [el hombre primitivo] representaba
en un claro de la selva o en una cañada de la montaña, en una
planicie desierta o en una playa barrida por los vientos, sería
aceptado y repetido por actores más potentes en un escenario
mayor. Imaginaba que disfrazándose con hojas y flores ayudaría
a la tierra desnuda a vestirse de verdor, y que mediante la
escenificación de la muerte y del entierro del invierno alejaría
la sombría estación anual y facilitaría el camino de vuelta
a la primavera.
De
manera que lo único que podría esperarse, después de un invierno
con árboles desnudos y tierra dura y fría, es que se hiciera
un intento por vestir de hojas a los árboles y de flores a los
campos. Así, de Australia Central a Europa, de la Patagonia
a Grecia, el mundo se encuentra lleno de ceremonias mágicas
que tienen el propósito de colaborar con la naturaleza para
que la primavera regrese.

Primavera
Cydney Taylor
Acrilico sobre tela
118.11cm X 167.64cm
|
Los
mitos
de
Tamuz o Adonis
pueden ser considerados como una representación del ciclo anual de las
estaciones: el ciclo perpetuo de vida y muerte de los enamorados, de
las diosas madres que personifican la energía vivificadora y reproductiva
de la naturaleza. Mientras los amantes permanecían en la Tierra junto
a sus amadas diosas, la tierra cantaba y se llenaba de verdor y de color;
y cuando morían y debían bajar al inframundo, y las diosas sufrían,
la superficie de la Tierra quedaba sombría y marchita, a tal grado,
que incluso la pasión por el amor y la vida parecía apagarse.
Pero
esta pérdida implicaba tal catástrofe, que incluso los dioses de los
muertos y las leyes naturales cedían y dejaban regresar a los amantes
para que, una vez reunidos, la vida estuviera restaurada de nuevo. Adonis
regresaría y junto con él las cosechas y el calor. Y para ayudar al
proceso, ¿qué mejor que cortar un árbol joven y plantarlo en la plaza
para que jóvenes de ambos sexos bailen a su alrededor y le ofrezcan
cebada y pétalos de flores? En la India se realizaba esta ceremonia:
el coro de jóvenes se reunía alrededor del árbol Karma (ornamentado
con cintas de colores, brazaletes y collares de paja). En Europa todavía
se llevan a cabo los bailes de la noche de San Juan; en Cerdeña y Sicilia,
por ejemplo, aún se celebran bodas simbólicas en las que los novios
escenifican distintos rituales relacionados con la fertilidad de la
tierra.
De
los sangrientos bailes de los coribantes romanos que emulaban a Atis,
o las melancólicas ceremonias nórdicas que pretendían revivir a Balder,
hasta la pasión y muerte de Cristo, o las leyendas sobre la Tierra Baldía
-que en el ciclo del Rey Arturo se relacionan con la herida de Longinos-,
los hombres siempre se han preocupado por garantizar que el invierno
no sea eterno y que la naturaleza tenga la fuerza necesaria para volver
a florecer año tras año. De esta manera no puede extrañarnos que todavía
hoy se hagan algunas ceremonias o sigan cumpliéndose algunos ritos de
magia simpatética, relacionados profundamente con estos intentos por
renovar la naturaleza.

De
ritos y colectores
Maribel Portela
Terracota
2001
En
Turingia, después de recoger en un saco que cuelga hasta las rodillas
el lino sembrado, el campesino camina con grandes pasos, de tal modo
que el saco bambolee de un lado a otro. Esto para que el lino ya crecido
ondule ante la brisa.
En
Sumatra las mujeres son las encargadas de sembrar el arroz. Lo hacen
con el cabello suelto y largo para que el arroz crezca espeso y de cañas
largas.
En
el antiguo México, cuando el grano del maíz estaba completamente formado,
las mujeres agitaban el cabello suelto y largo mientras bailaban para
que el grano fuese grande y se diera en abundancia.
En
Europa, en el Franco-Condado, se baila en los carnavales para que el
cáñamo crezca muy alto.
En
Austria y Baviera se da el primer fruto de un árbol a una mujer embarazada
para que la recolección del año siguiente en ese mismo árbol sea abundante.

De
ritos y colectores
Maribel Portela
Terracota
2001
Los
griegos y romanos sacrificaban mujeres embarazadas a la diosa del cereal
y de la tierra para que el suelo produjera y el grano engordase en la
espiga.
Los
indios de Orinoco hacen sembrar a sus mujeres bajo un sol abrasador
y con sus criaturas al pecho, porque son ellas quienes saben producir
y qué hacer con la simiente para que se reproduzca.
Los
galelareses no disparan flechas bajo árboles con fruta, pues ésta podría
caer. Tampoco utilizan las semillas que escupen de la sandía para sembrar
pues, aunque germinen, los capullos caerán.
Los
bávaros creen que si dejan caer una fruta a la tierra, el árbol que
salga de esa fruta dejará caer todo su fruto sin madurar.
Los
chams de Cochinchina comen arroz seco en el momento de sembrar para
que la lluvia no estropee la cosecha.
Leer comentarios