Gonzalo Vázquez Mantecón



Antes que nada,
Me complace
Enormísimamente
Ser
Un buen
Poeta
De segunda
Del
Tercer
Mundo

E.H.

 

"Dispense usted las molestias que le ocasiona esta obra poética", nos dice Efraín Huerta en otro de sus poemínimos: como el mismo llama a su poesía telegráfica, impregnada de todo tipo de humor (blanco, rojo, negro, etcétera). Me pregunto: de no ser así, ¿cómo puede expresarse de su trabajo un poeta que -por decirlo con sus palabras- "siempre amó con la furia silenciosa de un cocodrilo aletargado"?.

Nada más lejos de la realidad, señoras y señores: en primer lugar porque pocos poetas han tenido una capacidad productiva similar a la del maestro y, en segundo término, porque su obra está impregnada de amor en el sentido más puro y completo de la palabra: un amor que va más allá de la relación de pareja; que si bien podemos encontrarlo en su poesía, trasciende este último ámbito para mostrarnos una solidaridad y un compromiso con el hombre y su lucha social.

Si bien los temas en la poesía de Efraín Huerta son muy variados, podemos anotar algunos hechos fundamentales que marcan el inicio y la sustancia de su trabajo: su afiliación al Partido Comunista Mexicano, las jornadas antifascistas de la Guerra Civil Española, el Socorro Rojo Internacional, el recibimiento cardenista a los derrotados de la República, la Segunda Guerra Mundial y, como telón de fondo, el crecimiento y la modernización de la Ciudad de México.

En este sentido Los hombres del alba es, en opinión de David Huerta, un libro central en la obra de su padre: recoge y proyecta la experiencia poética de la ciudad; en ese libro se afinan y se perfeccionan el tema del amor y la solidaridad; porque el dramatismo de la expresión se conjuga con una ternura indeleble ante la formidable, perturbadora y totalizadora irrupción de las injusticias del capitalismo; porque en ese libro el poeta encuentra su voz, como suele decirse, y la convierte en un instrumento de afirmación y de protesta. Muchos años después -como una constante que marcó sus poemas de escarnio y humor devastador- tales rasgos se manifestarán con toda su fuerza y se convertirán en los ejes que inspiraron su poesía.

 

 

Hoy he dado mi firma para la Paz.
Bajo los altos árboles de la Alameda
y a una joven con ojos de esperanza.
Junto a ella otras jóvenes pedían más firmas
y aquella hora fue como una encendida patria
de amor al amor, de gracia por la gracia,
de una luz a otra luz.

Hoy he dado mi firma para la Paz.
Y conmigo, en cien países, cien millones de firmas,
cien orquestas del mundo, una sinfonía universal,
un solo canto por la Paz en el mundo.
Hoy no he firmado el poema ni los pequeños artículos,
ni el documento que te esclaviza,
no he firmado la carta que no siente
ni el mensaje que durará un segundo.

Hoy he dado mi firma para la Paz.
Para que el tiempo no se detenga,
para que el sueño no se inmovilice,
para que la sonrisa sea alta y clara,
para que una mujer aprenda a ver crecer a su hijo
y las pupilas del hijo vean cómo su madre es cada día más joven.

Hoy he dado una firma, la mía, para la Paz.
Un mar de firmas que ahogan y aturden
al industrial y al político de la guerra.
Una gigantesca oleada de gigantescas firmas:
la temblorosa del niño que apenas balbucea la palabra,
la que es una rosa de llanto de la madre,
la firma de humildad -la firma del poeta.

Hoy he elevado en una el número mundial de firmas por la Paz.
Y estoy contento como un adolescente enamorado,
como un árbol de pie,
como el inagotable manantial
y como el río con su canción de soberbios cristales.

Hoy parece que no he hecho nada
y, sin embargo, he dado mi firma para la Paz.
La joven me sonrió y en sus labios había una paloma viva,
y me dio las gracias con sus ojos de esperanza
y yo seguí mi camino en busca de un libro para mis hijos.
Pues ahí estaba mi firma, precisa y diáfana,
al pie del Llamamiento de Berlín.
Parece que no he hecho nada
y, sin embargo, creo haber multiplicado mi vida
y multiplicado los más sanos deseos.
Hoy he dado mi firma para la Paz.

 


Nacido el 18 de junio de 1914 en Silao, Guanajuato, Efraín Huerta deja la carrera de Leyes para dedicarse al periodismo y a la crítica cinematográfica. Entre sus libros de poesía podemos mencionar: Absoluto amor (1935), Línea del alba (1936), Poemas de guerra y de esperanza (1943), Los hombres del alba (1944), La rosa primitiva (1950), Poesía (1951), Poemas de viaje (1956), Estrella en alto (1956), Para gozar tu paz (1957), ¡Mi país, oh mi país! (1959), Elegía de la policía montada (1959), Farsa trágica del presidente que quería una isla (1961), La raíz amarga (1962), El Tajín (1963), Barbas para desatar la lujuria (1965), Poesía (1935-1968), Poemas prohibidos y de amor (1973), Los eróticos y otros poemas (1974) y Circuito interior (1977).

Raquel Huerta-Nava nos hizo notar que es falsa la siguiente idea -que originalmente habíamos expuesto-: Toda su literatura en prosa está conformada por dos libros: Textos profanos (1978) y Aquellas conferencias, aquellas charlas (recopilación publicada en 1983). Agradecemos que nos haya aclarado que "...toda la literatura en prosa de Efraín Huerta llenaría varios volúmenes (unos quince al menos) de buen tamaño." (leer la aclaración completa)
Efraín Huerta muere en la ciudad de México el 3 de febrero de 1982.

 

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