¿De quién es la calle?
El control que el Estado quiso ejercer sobre la población llevó a
la reorganización de la ciudad en ocho cuarteles
mayores, subdivididos
cada uno a su vez en cuatro menores. Los primeros estarían a
cargo de cinco alcaldes del crimen, del corregidor y de dos alcaldes,
y los segundos serían vigilados por 32 alcaldes de barrio. Con
esta medida se trataba de retomar y facilitar la recaudación
de tributos y de ejercer un control más directo sobre los habitantes.
Esta
reforma del espacio urbano estuvo indisolublemente ligada a una nueva
concepción del orden social. La élite y el gobierno virreinal
compartían la preocupación por reforzar las diferencias
sociales y jurídicas, ya que se pensaba que el origen de todos
los males sociales radicaba en el debilitamiento de estas diferencias,
en “la confusión de toda clase de gentes.” El buen
orden social requería que se establecieran y respetaran espacios
diferenciados para lo que se conocía en aquel entonces como “gente
de calidad” y los “plebeyos”. Pero, por otro lado,
también se veía como peligroso que las clases populares
tuvieran diversiones y espacios propios, ya que se creía que éstos
fácilmente podrían transformarse en centros de subversión.
Por esta razón, las diversas manifestaciones festivas y religiosas
que tenían por escenario las calles fueron prohibiéndose
paulatinamente. Así, por ejemplo, las ventas callejeras de pulque
y comida fueron vedadas. Como consecuencia, las restricciones al grueso
de la población para el uso de las plazas y calles de la ciudad
de México redujeron sensiblemente su dinamismo y colorido.(3) Así los
espacios públicos que en otros tiempos constituían el
lugar fundamental donde se desarrollaba la vida cotidiana, se convertían
en zonas reglamentadas y exclusivas.
Entre
las numerosas acciones que se llevaron a cabo como parte de este programa,
destacan la colocación de azulejos con los nombres de las calles
y las plazas, la instalación de alumbrado
público, la renovación del empedrado, la recolección
de basura,
la prohibición de defecar en
las calles y banquetas y la limpieza de puestos y vendedores de la
Plaza Mayor que decretó el virrey Revillagigedo entre 1789 y
1794, entre muchas otras.
Desde
entonces se impondrán medidas y reformas urbanas encaminadas
a dar poder territorial a las élites y someter más decididamente
a las mayorías, intentando poner fin a una convivencia que había
existido entre los diversos grupos sociales. Además, las trabas
sociales creadas por la pertenencia a la clase dominante y el color
de piel, en lugar de aligerarse, se hicieron más inflexibles
como respuesta a las pretensiones de ascenso de los nuevos grupos criollos
que amenazaban el monopolio de la oligarquía.