Texto: Ramón Cordero G.
Diseño gráfico: Nora Espino

 

 

Qué te parece, las bacterias fueron uno de los primeros organismos vivos que surgieron en nuestro planeta y apenas las conocimos hace poco más de tres siglos. Antes ni los médicos ni los sabios tenían la menor idea de su existencia y, por lo tanto, nadie lograba explicar por qué la gente se enfermaba de peste, tuberculosis, neumonía, sífilis o cólera.

      Pero, bueno, como había que tratar de encontrarle una explicación a los contagios, los pueblos habían inventado una serie de mitos e historias que hoy ya nos deberían parecer algo bobaliconas: castigo de los dioses, maldiciones de algún poderoso brujo, hechizos, encantamientos o sólo mala suerte.

 

 

El ocioso señor Leeuwenhoek y su microscopio

Vaya un nombre algo extraño para nosotros que estamos acostumbrados a los apellidos castizos, pero normal para un hombre holandés que nació en el año de 1632. Parece trabalenguas y difícil de deletrear, pero su pronunciación es más sencilla porque sonaría como "Livenjuk".

      Este personaje, a pesar de ser tan importante para la Biología y la Medicina actuales, en realidad no fue ningún cerebrito en la escuela o algo parecido. Antoni van Leeuwenhoek apenas tuvo una educación elemental, lo que era bastante común en aquel tiempo, cuando sólo unos pocos pensaban en estudiar por muchos años.
 
      Pues bien: como cualquier individuo, él tuvo que buscar la forma de ganarse la vida y por eso estaba dedicado al comercio. Ah, pero eso sí: con una enorme inquietud por hacer pequeños experimentos e invenciones. Digamos que a pesar de su oficio, dentro tenía a un científico en ciernes que se manifestaba durante las horas de ocio.

     

Desde luego que la gente de su tiempo ya sabía lo que era una lupa o lente de aumento, pero al menos este holandés le veía un inconveniente: aunque permitía la observación de objetos pequeños, había cosas tan minúsculas que ni siquiera con la ayuda del artefacto eran vistas con claridad.

microscopio de Leeuwenhoek

      Así fue como se le ocurrió fabricar un aparatejo que consistía en una serie de minúsculas lupas alineadas sobre laminillas. Después de muchas pruebas y ajustes, al fin logró una imagen enfocada de objetos que cabían en la cabeza de un alfiler. Una monería porque si acercaba lo suficiente el dispositivo a su ojo, en el otro extremo lograba ver una ampliación de hasta 200 o 300 veces. Un grano de arena se vería como un peñasco y un hilo de seda tenía la apariencia de las amarras del más grande buque.

      Y si alguien llega a pensar que a Leeuwenhoek no le apasionaban estas actividades o que fue casualidad su invento, tendría que haberlo acompañado durante el montón de horas que dedicó a pulir esas lentillas más pequeñas que una semilla de ajonjolí.