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Texto: Ramón Cordero G.
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El ocioso señor Leeuwenhoek y su microscopio
Vaya un nombre algo extraño para nosotros que estamos acostumbrados a los apellidos castizos, pero normal para un hombre holandés que nació en el año de 1632. Parece trabalenguas y difícil de deletrear, pero su pronunciación es más sencilla porque sonaría como "Livenjuk". Este personaje, a pesar de ser tan importante
para la Biología y la Medicina actuales, en realidad no fue ningún
cerebrito en la escuela o algo parecido. Antoni van Leeuwenhoek apenas
tuvo una educación elemental, lo que era bastante común
en aquel tiempo, cuando sólo unos pocos pensaban en estudiar por
muchos años.
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Desde luego que la gente de su tiempo ya sabía lo que era una lupa o lente de aumento, pero al menos este holandés le veía un inconveniente: aunque permitía la observación de objetos pequeños, había cosas tan minúsculas que ni siquiera con la ayuda del artefacto eran vistas con claridad.
Así fue como se le ocurrió fabricar un aparatejo que consistía en una serie de minúsculas lupas alineadas sobre laminillas. Después de muchas pruebas y ajustes, al fin logró una imagen enfocada de objetos que cabían en la cabeza de un alfiler. Una monería porque si acercaba lo suficiente el dispositivo a su ojo, en el otro extremo lograba ver una ampliación de hasta 200 o 300 veces. Un grano de arena se vería como un peñasco y un hilo de seda tenía la apariencia de las amarras del más grande buque. Y si alguien llega a pensar que a Leeuwenhoek no le apasionaban estas actividades o que fue casualidad su invento, tendría que haberlo acompañado durante el montón de horas que dedicó a pulir esas lentillas más pequeñas que una semilla de ajonjolí. |
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